Opinion

Se está gestando una revolución: el modelo occidental de desarrollo está en crisis

Por Alejandro Herrera Díaz, presidente del sindicato SINTUD y columnista político de PTT Noticias.

Francia vuelve a estremecerse. Miles de estudiantes, docentes y trabajadores se movilizan contra el deterioro de la educación pública, mientras la respuesta policial del Estado francés abre graves interrogantes sobre los derechos humanos. Bajo el gobierno de Emmanuel Macron, una pregunta recorre las calles: ¿para quién funciona realmente el modelo económico?

La juventud exige educación y el Estado responde con escudos

En Francia, un país que convirtió la libertad, la igualdad y la fraternidad en símbolos universales, miles de jóvenes están descubriendo una amarga contradicción: reclamar una educación digna puede significar terminar frente a un cordón policial.

Las protestas estudiantiles de las últimas semanas nacieron del deterioro de las condiciones educativas: salas sobrepobladas, falta de profesores, establecimientos en malas condiciones y desigualdades que castigan especialmente a las familias con menos recursos.

La movilización ha crecido hasta convertirse en un conflicto nacional, sumando a docentes, sindicatos y otros sectores sociales. Pero lo más inquietante no es solamente la profundidad del malestar. Es la respuesta del Estado.

Amnistía Internacional ha denunciado actuaciones policiales desproporcionadas. Las informaciones sobre adolescentes gravemente heridos, detenciones masivas y utilización de armamento antidisturbios plantean una cuestión elemental: ¿cómo puede un Estado democrático justificar que jóvenes que reclaman educación terminen mutilados o privados de libertad?

El gobierno francés ha defendido, en términos generales, la actuación de sus fuerzas policiales y anunciado investigaciones sobre posibles abusos. También suspendió temporalmente el uso de determinadas granadas durante las protestas escolares. Pero la existencia de investigaciones no elimina la obligación de proteger a quienes se manifiestan pacíficamente.

Macron y la crisis de una promesa

El presidente Emmanuel Macron no inventó las desigualdades francesas. Sin embargo, su proyecto político ha estado profundamente asociado a una visión económica favorable a la disciplina fiscal, la competitividad y las reformas estructurales.

En nombre del equilibrio presupuestario, las autoridades discuten ajustes de miles de millones de euros mientras estudiantes y trabajadores denuncian servicios públicos debilitados.

Aquí aparece la ironía de nuestro tiempo: el Estado parece encontrar recursos para controlar el descontento, pero enfrenta enormes dificultades para satisfacer las necesidades que lo provocan.

La deuda pública es real y los problemas fiscales requieren respuestas. Pero decidir quién soportará los sacrificios es una cuestión profundamente política. No es lo mismo pedir esfuerzos a los grandes patrimonios que trasladar el costo a una madre trabajadora, a un jubilado o a un estudiante que depende de la enseñanza pública para construir su futuro.

El neoliberalismo y la democracia social

Francia representa algo más que una crisis nacional. Su conflicto expresa una tensión presente en numerosas democracias occidentales: economías capaces de producir enormes riquezas, pero cada vez más cuestionadas por su incapacidad para garantizar bienestar y seguridad material a amplios sectores de la población.

Cuando la educación, la vivienda, la salud y las pensiones se subordinan permanentemente a las exigencias del ajuste, la ciudadanía comienza a preguntarse qué significado concreto tiene la democracia.

Porque votar cada cierto número de años no debería significar renunciar al derecho de organizarse, protestar y exigir mejores condiciones de vida.

Desde nuestra perspectiva editorial, el neoliberalismo no está en crisis únicamente por sus dificultades económicas. Está en crisis porque sus promesas de progreso y movilidad social chocan con la experiencia cotidiana de millones de personas.

¿Una nueva revolución?

Sería apresurado afirmar que Francia se encuentra ante una revolución inevitable. Una movilización multitudinaria no equivale, por sí sola, a una transformación revolucionaria.

Pero sí existe una señal política que merece atención: una nueva generación está cuestionando las prioridades del poder, mientras trabajadores y organizaciones sociales encuentran motivos comunes para movilizarse.

La historia francesa enseña que las grandes transformaciones no comienzan necesariamente en los palacios. Muchas veces empiezan cuando personas aparentemente aisladas descubren que sus problemas son compartidos.

Francia no necesita más adolescentes heridos ni más familias empobrecidas. Necesita respuestas democráticas, justicia social y respeto irrestricto al derecho a manifestarse.

Y el mundo occidental debería escuchar ese mensaje.

Porque cuando un modelo económico exige sacrificios permanentes a quienes menos tienen, mientras protege las estructuras que concentran la riqueza, no puede sorprenderse de que sus calles comiencen a llenarse de indignación.

La pregunta ya no es solamente cuánto tiempo resistirá el gobierno de Macron. La pregunta es cuánto tiempo más podrá sostenerse un modelo de desarrollo que promete prosperidad, pero deja a tantos ciudadanos luchando por derechos elementales.

La libertad, la igualdad y la fraternidad no pueden quedar reducidas a una inscripción en los edificios públicos. Deben sentirse en la vida cotidiana del pueblo.


Fuentes: Amnistía Internacional, 5 de octubre; Amnistía Internacional, 7 de octubre; Reuters, cobertura del 2 y 8 de octubre; Associated Press, cobertura del 6 y 8 de octubre; Financial Times, 6 de octubre. Artículo de opinión: las interpretaciones políticas corresponden al autor.

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